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Juanito engrandece su leyenda
martes, mayo 19, 2009, 01:39 AM

Con la voz rota por el esfuerzo y casi sin un gramo de fuerza, a las 13.00 horas en Euskadi, cuatro horas más en Nepal, Juanito Oiarzabal anunciaba la consecución de la cumbre del Kangchenjunga. Acompañado por Edurne Pasaban consiguió hollar la mole nepalí y ayudar de paso a que su compañera y amiga lograra ponerse al frente de la carrera por convertirse en la primera mujer en coronar las 14 cimas más altas del planeta. La guipuzcoana ya tiene doce.

Desde los 8.586 metros de altura de la tercera cumbre más alta del mundo, el vitoriano apenas pudo decir, "lo conseguimos". No fue fácil. El esfuerzo y la fatiga con la que llegaron a la cumbre puede dar buena prueba de ello. Las 16 horas de marcha desde que salieron el domingo pasada la media noche local les pasó factura.

Al menos, su esfuerzo valió la pena. La cima del Kangchenjunga. Un monte donde Juanito ha sufrido muchísimo. Ahora y en el pasado. No en vano, hace 13 años, durante su primera ascensión, tuvo que ser ayudado por los hermanos Iñurrategi, Alberto y Félix, en un descenso dramático, que casi le costó la vida.

COINCIDIERON EN EL K-2 Pese a todo, Juanito no tuvo reparo alguno en volver. Y eso que cuando el pasado verano coronó el Makalu, anunció que dejaba los ochomiles. Aquella ascensión iba a ser la última. La hizo para quitarse el mal sabor de boca dejado tras hacer cumbre en el K-2 en 2004. Una cima de infausto recuerdo, tanto para él como para Pasaban. De hecho, las congelaciones allí sufridas le costaron la amputación de los diez dedos de sus pies al gasteiztarra y... dos a la tolosarra.

Juanito no quería despedirse así. Por eso volvió al Makalu. El que iba a ser su último ochomil. No lo fue. Ha habido otro. Ayer llegó el Kangchenjunga. Uno más a su palmarés. De este modo, el veterano alpinista gasteiztarra, que el pasado 30 de marzo cumplió 53 años, agrandó aún más su leyenda. Son ya 23 los ochomiles que tiene a sus espaldas. Un número mágico.

El número que en su día hizo mítico otra leyenda del deporte como Michael Jordan. Juanito, al igual que el jugador americano, podría llevar el sobrenombre de air. Él también es un señor del aire. De los cielos. Allí donde el aire se hace irrespirable. Allí donde dar un paso conlleva un esfuerzo tremendo por culpa de la escasez de oxígeno. Pues bien, allí, Juanito air Oiarzabal sigue siendo el rey. Nadie cómo él tiene tantos ochomiles.

Ahora su objetivo es ayudar a Edurne Pasaban a que cierre el círculo. A completar los 14. A la guipuzcoana le faltan dos. El Shisha Pangma y el tan temido Annapurna. De momento, la tolosarra parte con un cuerpo de ventaja sobre la austriaca Gerlinde Kaltenbrunner y la italiana Nives Meroi, sus dos principales rivales, que actualmente se encuentran intentando coronar otros ochomiles. Ambas llevan once. Uno menos.

Eso sí, el duodécimo de Edurne Pasaban no ha sido sencillo. La expedición de Al filo de lo imposible liderada por la alpinista guipuzcoana invirtió entre 14 y 16 horas en completar el trayecto entre el campo 4, situado a 7.700 metros, y la cima del Kangchenjunga. La ascensión fue "muy lenta" debido a la "extrema dificultad del terreno" y el fuerte viento, según explicaron miembros de la expedición en la página web de la tolosarra.

No lo tuvieron nada fácil. Las condiciones climatológicas y la propia montaña les han puesto a lo largo de estos últimos días en más de un apuro. De hecho, en el último tramo de ascenso a la cumbre resultó "muy complicado", debido a que el terreno estaba formado principalmente por corredores de hielo y tramos rocosos en los que no se aprecia una ruta clara y a que, durante toda la noche, sopló un fuerte viento.

Pese a todo, Pasaban logró hollar la cima poco antes de la una del mediodía, dos horas después de que lo hiciera uno de sus compañeros de expedición, Ferrán Latorre. Junto con la alpinista tolosarra llegaron a la cumbre Oiarzabal, Asier Izagirre y Alex Chicón. Mientras, Jorge Egotxeaga, otro de los miembros del equipo de Pasaban, se encuentra ya a salvo en el campo base después de que ayer decidiera renunciar a intentar la cumbre debido a que sufría un catarro que había derivado en síntomas de bronquitis, por lo que prefirió no arriesgar. Fue él único que no llegó. Los otros sí. Un nuevo éxito.

DESCENSO, DURO Y DE NOCHE Eso sí, las dificultades no terminaron con la ascensión. El descenso fue aún más duro y complicado. Y es que el hecho de llegar tan tarde a la cumbre -las cinco hora local-, complicó sobremanera el camino de regresó al campo IV. En principio, son necesarias unas cinco o seis horas para desandar esos casi 800 metros de desnivel desde el último campo de altura hasta la cima. Sin embargo, el agotamiento físico y el hecho de que a las dos horas ya se quedaron sin luz, porque en esa latitud a las siete de la tarde ya es de noche, dificultó en exceso el descenso y fueron necesarias casi siete horas hasta llegar a las tiendas en el campo cuatro.

Alberto Zerain, miembro de otra expedición, salió a su paso para ayudarles en el descenso. El gasteiztarra, una vez comprobado que pese al cansancio iban a llegar hasta las tiendas, inició su ataque a la cumbre. Zerain aseguró que son momentos complicados en los que deben "luchar contra el agotamiento, la deshidratación, la distancia y las dificultades del terreno". Al menos, finalmente todos pudieron llegar hasta ese campo IV y descansar, sin que fuera necesario hacer un vivac en el que pasar la noche, una opción para nada del agrado de Juanito Oiarzabal. Una vez repuestas las fuerzas, todos ellos seguirán hoy con el descenso hasta el campo base.

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